11/02/2017

Los invisibles

Los invisiblesSiempre están ahí, aunque pasemos al lado ignorantes de su tremenda labor. Seres discretos que hacen posible el milagro. Sin ellos, que nadie se engañe, el boom del running sería apenas un petardo en una calle desierta.

Tengo por norma no quejarme en ninguna carrera. Jamás. Ni aunque se haya batido la plusmarca universal de ineficacia organizativa. Mi naturaleza peleona, habituada a la batalla dialéctica cuando el sinsentido se apodera del ambiente, se muestra comprensiva en estos casos. Primero porque le concedo al atletismo vocacional la importancia que tiene, muy relativa; en la parte media-baja de la lista de prioridades de cualquier persona con la cabeza mínimamente amueblada. Segundo porque pienso en ellos, los invisibles.
Esa raza de hombres y mujeres que batallan durante meses para ofrecer al participante un espectáculo de pocas horas. Apuestan todo a una carta, sabiendo que la incertidumbre es el único juez. Hay decenas de agentes externos habilitados para hacer añicos su esfuerzo: un aguacero, un vendaval, un fallo humano, uno tecnológico… Viven sabiendo que el error se magnifica y la excelencia, en comparación, apenas es ponderada. Temerosos de la tiranía de las redes sociales, de los que arrojan piedras y esconden manos, de los que denuncian sin decir estos son mis nombres y mis apellidos, este mi DNI.
Muchas veces reflexiono si les merecerá la pena. Acostumbran a hacerlo gratis, por una bolsa con camiseta y un par de refrescos, en el mejor de los casos un puñadito de euros que apenas llegan a la categoría de simbólicos cuando les descuentas el metro o la gasolina. Algo en su interior les impulsa a amanecer en festivo -bastante antes de lo que acostumbran entre semana- para apostarse en un cruce, mover vallas, entregar dorsales o repartir avituallamiento. El día que decidan abandonarse al calor de las sábanas la viabilidad económica del noventa por ciento (quizás me queda corto) de las carreras españolas va a ser un chiste de escuela de finanzas.

Por eso me irrita comprobar como aguantan estoicos la mezquindad de los que creen que el precio de la inscripción da derecho al insulto, a dejarse el respeto en el guardarropa y hacer gala de una prepotencia digna del más sonoro de los sopapos (el que nunca les daremos la gente de las carreras populares porque, a pesar de todo, siempre ha habido clases). Ellos, los voluntarios, sonrisa en ristre, siempre te dicen lo mismo. Que es normal, que ahora somos muchos más, que lógicamente el número de energúmenos ha crecido, como en cualquier ámbito de la vida en el que se reúna un buen puñado de congéneres. Y claro, no queda otra que aceptar pulpo…
Con los organizadores tres cuartos de lo mismo. El personal echa la cuenta fácil (a tanto el dorsal) y salen unos números de impresión. Como si el cronometraje, la megafonía, las estructuras… fueran gratis. Ah, perdón, la publicidad; siento decirles que cada logo del arco de salida no se traduce en miles de euros. A menudo el organizador y el voluntario comparten remuneración, es decir, poca cosa. Lo hacen por amor a los colores, son miembros de un club o agrupación de cualquier tipo y sacan tiempo de donde no lo hay (que se lo digan a sus familias y amigos) por la satisfacción personal de ver como otros nos divertimos cuando ellos se parten el lomo.
Es cierto, también hay empresas -algunas de tamaño considerable- en este ramo. Ganan dinero, como es lógico y lícito, aunque la palabra lucro, pronunciada con la boca tan abierta como lo hacen los críticos, se antoja un tanto exagerada. Ofrecer un servicio profesional implica trabajar con personal cualificado, que lógicamente recibe un salario decente. Implica una logística, unos gastos… Vamos, que en los más de veinte años que llevo en esto aun no he conocido a un organizador de carreras millonario. Los que lo son hicieron fortuna en otros menesteres; y no son pocos los que han dilapidado una parte al ser infectados por el veneno de las zapatillas. Si dividiesen beneficios entre minutos invertidos el desasosiego se apoderaría de todos ellos.
Así que, cuando me acerco a sudar de manera reglada y algo no sale como esperaba, procuro alterarme lo mínimo. Respiro hondo y me acuerdo de esa gente movida por la pasión que ha tejido una red infinita de puntos donde poner a prueba la tenacidad de nuestras piernas. Esa gente a la que las matemáticas no dan la razón. Locos sin los que esta maravilla habría sido imposible.


ALBERTO HERNÁNDEZ: Redactor Jefe de Runner’s World, comentarista de televisión y locutor en algunas de las carreras populares y eventos atléticos más importantes del país
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